sábado, 21 de abril de 2018

JUEGOS FUNERARIOS EN LA PLAZA ROJA


Es una de las joyas del cómic europeo más actual. La muerte de Stalin alcanzó pronto el merecido rango de clásico instantáneo (Reseña cómic). Fabien Nury y Thierry Robin utilizaron los acontecimientos inmediatamente posteriores a la muerte de Iósif Stalin para narrar una historia trepidante, una sucesión de poderosas viñetas que mostraban sin pudor las miserias, ambiciones y humanidad de algunos de los principales dirigentes de la URSS. El relato suponía una reflexión agridulce y que penetraba en las entrañas de la corrupción del poder. Aquel 2 de marzo de 1953 había sido evocado de una forma insuperable. Por ello, la noticia de que Armando Iannucci iba a dirigir una adaptación cinematográfica con el mismo título se antojaba una operación arriesgada. 



Peter Fellows, David Schneider, Ian Martin y el propio director firman una versión propia, alcanzando la independencia casi de inmediato. Probablemente, sea una maniobra más que inteligente. El álbum de Nury y Robin era una pieza maestra a la que no faltaba ni una coma, traducirla al lenguaje del celuloide solamente granjearía las quejas de las puristas. El film es su hijo en espíritu, una criatura más ácida que la agridulce historia original. Y es que estamos ante una comedia negra con un poder corrosivo enorme. Al final, podemos disfrutar de ambas de forma complementaria, saliendo enriquecidos sobre el mismo hecho que narran con múltiples perspectivas. 



Iannucci parece inspirarse de una manera muy clara en el estilo más irreverente de los Monty Python. Se construye una trama muy coral y repleta de situaciones berlanguianas, donde se cruzan los diálogos, juegos de palabras y se intenta mantener el tempo en todo lo alto al estilo Uno, dos, tres (1961) del maestro Billy Wilder en pleno contexto de la Guerra Fría. Tal vez el mejor halago del asunto haya sido el recelo que ha tenido por la misma una figura como Vladimir Putin. El poder suele llevarse mal con la sutileza y la ironía. 


Tras un opening que atrapa y con una raíz histórica que sorprenderá al público, lo primero que queda claro es que el producto tiene un casting a prueba de bomba. Steve Buscemi, un actor más que consagrado, encarna a Nikita Kruschev, quien deberá trasladarse en pijama para batirse con poderosos oponentes del Partido que ambicionan el trono del Zar Rojo si Stalin no se recupera. El mejor colocado de todos parece ser Lavrenti Beria (un magistral Simon Russell Beale). Las ambiciones de unos y otros serán el motor de la narración. 



Si en las viñetas el protagonismo del fascinante y oscuro Beria es la clave, aquí tenemos un metraje más equitativo entre los distintos integrantes del Politburó. En caso de tener ocasión, no desaprovechen la oportunidad de contrastar las hipérboles aquí mostradas de las reuniones en la dacha de Stalin (Adrian McLoughlin) con las narradas por la historiadora Sheila Fitzpatrick. El sarcasmo sobre el miedo flota sobre toda la farsa. 



Nadie lo personifica mejor que Michael Palin (nuevamente, el espíritu de los Monty Python), encargado de hacer las veces de Molotov, aquel firmante destacando en el pacto con Ribbentrop. El pánico al Zar Rojo lleva hasta extremos insospechados y explica las extrañas circunstancias que van rodeando al evento. Un Jeffrey Tambor tocado por la varita brinda algunas de las mejores secuencias como Malenkov. 


Como ocurre en los buenos cuentos, no nos importa nada conocer el desenlace, lo importante es cómo se llega. Aquí es crucial la figura de Stvetlana Stalin (Andrea Riseborough), hija del mandatario, quien se convertirá en una dama por cuyo apoyo pugnarán todos los antiguos camaradas del progenitor. Menos sensible y sensato es Vasily (Rupert Friend), el hermano de Svetlana, cuyo arrojo inconsciente preocupa a quienes sueñan con gobernar en el Kremlin. 



Otras figuras vienen envueltas en una de esas misteriosas cajas rusas que tanto fascinaban a Churchill. Nadie responde mejor a esa llamada que la música Maria Veniaminovna, quien escribe la última nota que leyó el más poderoso de los soviets. Olga Kurylenko, cuya carrera está en franca ascensión, da vida a esta joven rusa cuya familia fue despedaza en las purgas de los gulags y que tiene más conexiones de las aconsejables con destacados moscovitas del gobierno. Un magnético Jason Isaacs da fuerza al mariscal Zukov, cuyas fuerzas armadas son la más codiciada pieza del cortejo entre los posibles sucesores. 



Deja la sensación de que Iannucci ha abierto una puerta largo tiempo cerrada. Gustaría ver de este mismo estilo una parodia de las operaciones de la CIA en el contexto de la Guerra Fría colocando dictaduras en América Latina. O una ácida perspectiva de los años de Margaret Tatcher y el conflicto con las asociaciones mineras. Y así mil ejemplos más que nos otorga la Historia. Porque el humor suele quitar el miedo a las cosas, incluso a aquellas que nos dan pánico. Y, cuando se hace con inteligencia, nos deja huella. 



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domingo, 15 de abril de 2018

UNA SERIE DE CULTO


Paolo Sorrentino es lo más cercano que nunca vamos a estar a poder ver el Renacimiento en HD. Cineasta italiano único y con un estilo tan personal que basta una secuencia para identificar su sello; el director de ese monumento llamado La grande bellezza (2013) era una tentación demasiado irresistible para que la HBO no cayese en ella. Marca registrada en está época de fiebre por las series, en 2016 dio carta libre al transalpino para hacer el programa que él quisiese, contando con un presupuesto digno del Mausoleo de Julio II. 



Para comprender la atmósfera que respiramos en El joven Papa, basta con ver su irreverente opening. Pensado para levantar ampollas, más de una mano apagará el televisor ante la primera intervención de Jude Law como Pío XIII, nombre sacro de la ficción para Lenny Belardo, recién escogido para el trono de San Pedro al poco de comenzar la narración. La primera escena pone en guardia para ver si nos enfrentamos a una travesura fácil o algo más profundo. Para gustos los colores, baste decir que la fe en el talento de Sorrentino rara vez defrauda. 



A medida que nos adentramos en los entresijos de este Vaticano que intuimos mucho más real de lo que parece en esta hipérbole, nos vamos dando cuenta de que la provocación va por camino doble, aunque todos terminan desembocando en Roma. Un producto cuidado y delicado en las formas que se ha hecho para molestar a creyentes y ateos por igual, una invitación a sonreír con ironía, mientras que disimulamos las reflexiones a las que conduce. Algo único en su especie. 


El casting hechiza por su carisma. Law coge un papel realmente complicado, un pontífice enigmático que parece hacer comulgar en su persona todos los períodos en uno: un predicador oscuro y medieval, el aire reformador del Concilio Vaticano II, el egoísmo del privilegio, la sofisticación perversa de los Borgia, los rigores del fanatismo, la duda razonable de las crisis de fe, etc. No menos misteriosas resultan las compañías cercanas al nuevo inquilino de la tiara en la Ciudad Eterna, destacando la magia de Diane Keaton como Sister Mary, un personaje complejo, bien construido  y mejor interpretado. 



Luego existen dos lujos que se permite una producción de estas características. El cardenal Voiello que encarna un Silvio Orlando magistral es el perfecto exponente de las múltiples paradojas que esconde El joven papa. En muchos aspectos, este príncipe de la Iglesia sería el reflejo de los mil sinsentidos que pueblan el día a día de cualquiera de las religiones oficiales. Una figura atávica y reacia al cambio, sin embargo, el guión firmado por Contarello, Grisoni, Rulli y el propio Sorrentino es demasiado inteligente para limitarse a eso. Voiello es un ser humano, alguien digno de lástima en ocasiones y, por qué no decirlo, de admiración cuando le vemos en su particular relación con cierto muchacho que ha acogido bajo su protección. Si alguien tiene dudas de que el director quiera a Voiello, pensemos que lo ha hecho ultra de la squadra de sus amores, el Nápoles. 



El otro regalo no es otro que el también cardenal Gutiérrez, el otro extremo de la baraja. La elección para hacer de este español en la Santa Sede no es otra que un Javier Cámara que gusta de los retos, capaz de embarcarse en proyectos de estas dimensiones (pensemos en su participación en la tercera temporada de Narcos, sin ir más lejos). Otra caracterización más complicada, una buena persona embarcada hacia varios infiernos. De sus diálogos con Pío XIII surgen algunas de las más hermosas reflexiones que nunca se han hecho sobre algunos de los temas tabúes de la fe. 


Nos hallamos ante diez capítulos que se han propuesto no dejar indiferentes a nadie. Todo ello rodeado de un estilismo único, la forma de mover la cámara, su cuidada fotografía y la música escogida nos revelan siempre de una profunda sensibilidad. Fionnuala Haligan brindaba una crítica certera sobre el tema que hoy nos ocupa, donde acuñaba un término perfecto para definir el metraje: "minutos bizantinos". Sorrentino y su fantástico equipo no nos facilitan el camino, si bien se preocupan por garantizarnos un viaje cómodo mientras sacamos nuestras propias conclusiones. 



Y, como casi siempre le ocurre, Roma está presta para convertirse en su socia, la mejor aliada posible, esa Ciudad Eterna que permite callejear por siglos de Historia en apenas un suspiro. Un caos donde el cineasta se mueve como pez en el agua, aquí para reflejar las conjuras de la Curia y temas de más que rabiosa actualidad. La hazaña se logra con una mezcla de valentía y delicadeza, abriendo todas las ventanas pero sin burlarse de la desnudez ajena. El Doutor Sócrates afirmaba que se debía ser muy duro con los problemas y blando con las personas. Bastante de eso hay en el napolitano. 



Nos alejamos de la Plaza de San Pedro con la sensación de haber sido testigos de algo especial. Probablemente, el efecto que suele producir una serie de culto. 



ENLACES DE INTERÉS:



-Young Pope´s review



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://ew.com/recap/the-young-pope-season-1-episode-2/



-https://www.theguardian.com/tv-and-radio/2016/oct/30/the-young-pope-black-mirror-bake-off-final-review-jude-law-charlie-brooker



-http://protestantedigital.com/blogs/42094/una_iglesia_de_huerfanos

sábado, 7 de abril de 2018

GOTHAM CENTRAL: DESPEDIDA DE LA COMISARÍA (PARTE IV DE IV)



Hacía ya bastante tiempo desde que la formidable pareja de guionistas conformada por Ed Brubaker y Greg Rucka se había lanzado a narrar el día a día de cierta comisaría de Gotham (En el cumplimiento del deber), convirtiéndola en pocos meses en una colección de culto, capaz de mostrar a figuras como el Joker desde otro ángulo (Payasos y lunáticos) o los callejones más recónditos recorridos por este cuerpo policial (De patrulla por el infierno). Quedaba el último paso, un arco entre los números 32-40 (2005-2006), el lacito final de este regalo para toda la comunidad lectora del Murciélago de Gotham. 



El primer número de esta etapa ya refleja el grado de maestría alcanzado. Escrita en solitario esta aventura por Rucka, se trata de un clásico momento de transición antes de comenzar una nueva saga. Asimismo, se cuenta con el dibujante invitado Steve Lieber. Pero el relato gráfico que nos brindan, "Naturaleza", es de todo menos aburrido. Una historia breve perfectamente contada y con un final terrorífico digno de un cuento de los hermanos Grimm. 



Una cuestión importante para esta fase es que ya no contamos con Michael Lark, un artista espléndido que, junto con Alex Maleev, es uno de los mejores del gremio a la hora de recrear el género heroico urbano. Su dominio del trazado de Gotham era tan alto que es inevitable no echarle de menos en las páginas. Dicho eso, la solución adoptada es sobria y eficaz, puesto que Kano da un aire muy similar a la serie, perfectamente respaldado por la tinta de Stefano Gaudiano, quien llevaba muchos meses en la colección y sabe exactamente cuál es la estética.



A pesar de todo el recorrido que ya llevaban a cuestas, el dueto de guionistas sigue teniendo sobrada capacidad para sorprendernos. El presunto asesinato de Robin en los callejones de Gotham llevará a la esforzada capitana Margaret Sawyer a tener que interrogar a tipos con una jurisdicción muy especial: los Jóvenes Titanes. Criada en Metrópolis, Sawyer es un personaje excelente en una ciudad tan corrupta como Gotham, puesto que aporta la visión foránea de alguien que viene de otro gran núcleo urbano donde existe fe en el sistema y pocos entre su ciudadanía dudan que el tipo de la gran S en el pecho no esté de su parte.



Brubaker y Rucka siguen mimando el arco de uno de sus ojitos derechos en la colección, Renée Montoya, una agente de personalidad que sufrió un infierno ante Dos Caras, aunque lo peor fueron las consecuencias de tener expuesta su vida al escarnio público de la cerrazón. En esta ocasión, la compañera de Crispus Allen (¡qué formidable pareja!) habrá de plantar cara al enemigo desde dentro, Jim Corrigan, un policía corrupto pero listo a la hora de beneficiarse del sistema y no descubrir su rastro.



Igual que sucede con la etapa de Bendis en la colección de Daredevil, siempre tenemos la sensación de que todo lo presentado tiene su importancia. Harvey Bullock no sale en esta ocasión, pero ante un difícil asunto de armas escuchamos a sus compañeros lamentar no tener a un experto en la materia para ayudarles en la investigación. Gotham Central es una novela río coral y poderosa en el reparto, capaz incluso de permitirse lujos de tener a Batman como secundario sin abusar de él.


El juego del gato y el ratón que mantendrán los detectives con Corrigan será realmente peligroso. El libreto no cae en la sensación de venganza violenta redentora y fácil. Tanto Montoya como su rival van cayendo en una espiral de hacer mucho daño al adversario, pagando un peaje por ello. Si el agente corrupto hace tiempo que vendió su alma, la curtida policía gothamita se expone a hacer ese descenso al averno si no es capaz de contener el placer que empieza a sentir por la revancha. 



Hay un aroma dickensiano que los escritores (quienes vuelven a contar Lieber al final del periplo) que se permiten sacar su lado más tierno alrededor de la figura de Stacy, esa joven becaria a quien un tecnicismo legal le permite poder pulsar esa señal que a muchos agentes duele en su amor propio por recurrir a ella. Asimismo, la relación sentimental que mantienen Romy Chandler y Marcus Driver es la perfecta muestra de que no hay tópicos románticos si se saben usar con inteligencia. 



Gotham Central nos deja como público más que satisfechos, conscientes de que volveremos a ella. A esa mañana donde dos compañeros habían recibido un falso soplo para encontrarse con Míster Frío. La magia desplegada por sus creadores logra que nos creamos desde la primera viñeta que nosotros hemos visitado esa comisaría donde todavía coleaban las secuelas de la jubilación de Jim Gordon tras sufrir un intento de asesinato. No me gusta la expresión de lectura obligatoria. Esta serie merece el apelativo de imperdible. 



ENLACES DE INTERÉS:



-Reseña en el portal cazadores de recompensas



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-https://www.ecccomics.com/comic/gotham-central-num-04-corrigan-2010.aspx



-http://cazadoresderecompensas.com/gotham-central-5/



-https://comicvine.gamespot.com/gotham-central/4050-9958/

sábado, 31 de marzo de 2018

CUANDO NO QUEDA SITIO PARA NADIE: MANHATTAN TRANSFER



Crear un género es algo realmente complicado. A fin de cuentas, una de las reglas es no poder ser consciente de que se está inventando algo. Debe surgir de una forma involuntaria. Probablemente, John Dos Passos (1896-1970) quería hacer una historia coral, una narración hecha con estilo y con innovaciones técnicas curiosas. De cualquier modo, sería legítimo considerar que, cuando la sacó impresa en 1925, su novela Manhattan Transfer no estaba pensada para marcar una nueva forma de mirar a New York. 



Todo comienza en la proa de un ferry cualquiera, plagada de personas de distintas procedencia y expectativas heterogéneas con respecto a la nueva Meca del mundo. Dos Passos, estudiante de arquitectura, vivió el ciclo nóstoi, pues, cuando volvió a los Estados Unidos después de servir en la I Guerra Mundial, notó todo cambiado. Si bien era nativo de Chicago, escogió New York para reflejar esa sensación. La transformación de una isla en un coloso urbano. 



El desfile de personajes es increíble. Congo y Emile, dos muchachos con ganas de comerse el mundo, ansiosos de ver si se cumplen las expectativas que ofrece la jungla de asfalto. Jimmy Herf, tipo complicado a quien conocemos desde sus orígenes y con quien terminamos compartiendo su ambivalencia hacia la ciudad. Ellen Thatcher, la de los múltiples nombres, cuya andadura nos cuenta Dos Passos desde la cuna hasta su edad adulta. O Bud Korpenning, una vida trágica marcada desde una infancia de abusos hasta el puente de Brooklyn.


Se trata de un habilidoso combinado donde una de las fórmulas que mejor funcionan es la del propio título. Tiene garra e imprime carácter, incita a la lectura. Francisco Umbral la usaba de ejemplo de situar a los potenciales lectores/as de inmediato. Dos Passos llegó a convertirse en autor de cabecera para colegas de la talla de Sartre, además de imprimir la cara B a relato de otro de los grandes hitos literarios estadounidenses: El gran Gatsby



El autor nos invita a callejear a través de las calles de New York como turistas curiosos, imprimiendo a sus diálogos un carácter muy personal. La ciudad de la Estatua de la Libertad tiene múltiples visiones: desde la saga El padrino hasta el cine de Woody Allen, cada una de ellas válida y nunca excluyentes entre sí. El gran interés de Manhattan transfer es hacerlo en su momento clave, cuando se estaba empezando a gestar la transformación. 



Por buscarle algún pero a este atractivo paseo, señalar que termina resultando una obra coral irregular. Hay subtramas muy amenas y otras que podrían ser totalmente prescindibles. Si se quitasen del relato, el mensaje permanecería intacto. Probablemente, algo premeditado por parte de Dos Passos, quien quiere imprimir a todo un acento cotidiano. No fuerza tanto las interacciones como el maestro Víctor Hugo en su París de Los miserables, pagando con ello el peaje de no explotar las posibles químicas entre personajes paralelos pero que no llegan a cruzarse.



Dos Passos destaca en un recurso narrativo realmente complicado, ser capaz de dar la sensación a su público de que cada protagonista va envejeciendo, endureciéndose, perdiendo la fe o angustiándose por los efectos del terrible crack de 1929. No tiene nada extraño que para su obra La verdad de las mentiras, Mario Vargas Llosa escogiese este título, junto con otras joyas como Muerte en Venecia, Trópico de Cáncer o El tambor de hojalata



El literato peruano muestra un gran deleite cuando habla de los trucos e ilusiones que plantea estos pequeños collages de las vidas ajenas, permitiéndonos entrar a través de la ventana de vecindarios neoyorquinos. Asimismo me parece que algo de lo aquí contado debió de llegar a los oídos de Will Eisner, quien era apenas muchacho cuando se publicó, para recrear en sus viñetas la célebre avenida Dropsie. 



A veces, le falta un punto para enganchar del todo en el recorrido, como si fuesen piezas inconexas. Sin embargo, cerramos sus páginas pensando que estamos palpando los cimientos de la ciudad que nunca duerme. 



BIBLIOGRAFÍA:



-PASSOS, J. DOS., Manhattan Transfer, Debolsillo, Madrid, 2017.



-VARGAS LLOSA, M., La verdad de las mentiras, Alfaguara, Madrid, 2002. 



ENLACES DE INTERÉS:



-Los monstruos del umbral en Manhattan Transfer



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-https://www.megustaleer.com/libro/manhattan-transfer/ES0073442



-https://zonalibreradio1.wordpress.com/2016/07/04/manhattan-transfer-fragmento/



-http://labohemia4.blogspot.com.es/2014/09/novelas-manhattan-transfer-parte-iv_22.html

sábado, 24 de marzo de 2018

ESCLAVOS DE UN DESEO: THE INNOCENTS (1961)


Los cuentos de terror se forjan bajo el fuego de la chimenea en una noche fría. Según la pluma de Henry James, varios amigos compartieron historias más o menos fantásticas durante unas vacaciones de Navidad, si bien fue el relato del joven Douglas el que más atención captó durante las distintas reuniones bajo las velas. Es el punto de arranque de "La vuelta del torno", una narración gótica breve que evoca los extraños acontecimientos que sucedieron a una joven institutriz enviada a una casa de campo a educar a dos huérfanos de familia acomodada. Naturalmente, viven en una hermosa y abandonada casa e campo victoriana con más secretos de los que parece a simple vista. 



Magistral ejercicio de género, esta publicación de 1898 ha sido constante motivo de re-ediciones y traducciones por todo el globo. Uno podría pensar que cualquier versión para el cine estaría sometida a ese axioma de "Me gustó más el libro" que acompaña como coletilla a cualquier experimento de esas características. Sin embargo, en esta ocasión la adaptación de Jack Clayton en 1961 merece ser reconocida como bastante más que eso. De hecho, si se permite la herejía, incluso enriquece y aporta más oscuridad a la novela original. 



El manuscrito de James fue revisado y actualizado por dos lápices que sabían bastante de crímenes extraños. William Archibald y Truman Capote supieron darse cuenta de que tenían un material de primera, además de disponer de un medio a través de las cámaras para convertir una historia de miedo en mucho más. De hecho, el terror de The Innocents fue convirtiéndose, a medida que escribían, en un hábil McGuffin que enmascaraba intenciones que escapaban a simple vista.  



Desde los particulares títulos de crédito del film, queda claro que se va a tratar de una visión muy personal de la obra de James. Todas las cuestiones que se nos puedan ocurrir como inocentes (un juego infantil, las cajitas de música de la época, un paseo por los jardines, etc.) se puede deformar con unos pocos trucos en algo perverso y retorcido. Lo gracioso del asunto es que todo lo mostrado casa perfectamente con el cuento original. A fin de cuentas, aquellos jóvenes que compartían esas historias fantásticas sabían que estaban escuchando, de la boca de su amigo, la versión escrita de dicha institutriz sobre aquella experiencia. ¿Quién garantiza que esos recuerdos fuesen plenamente fiables? 



La maestra escogida para la ocasión no fue otra que Deborah Kerr, una espléndida actriz que aquí firma, quizás, el mejor trabajado de su trayectoria. Su personaje está repleto de contradicciones bajo su aparente simplicidad. Balzac decía que la mujer era la reina del mundo y la esclava de un deseo a la vez. Puede que estuviera pensando en Miss Giddens, una dama que ha recibido una educación puritana a ultranza. Bajo esa fachada, igual que le acontece a Mina Harker, hay la suficiente curiosidad para atreverse a bucear en aguas más oscuras si se le presenta la ocasión. 



Uno de los pulsos más activos que tuvo que mantener Clayton con su productora fue mantener el blanco y negro original. Verdadero acierto, puesto que ver esta obra en los siguientes coloridos que le pusieron deja unos resultados muy empobrecidos. El tono grisáceo que acompaña las travesuras, aparentemente inofensivas de Flora (Pamela Franklin) y Miles (Martin Stephens) parece haber nacido para hacerse en ese ambiente, convirtiendo esa torre con jardín en una especie de mini-Bomarzo donde todo puede ser posible en la noche.


Clayton plagó su film de aciertos, tomando decisiones que incluso podían jugar en su contra. Por ejemplo, se vio forzado a rechazar la posibilidad de contar con una estrella de la talla de Cary Grant para interpretar al tío de los jóvenes. Sacrificó a un magnífico actor, pero, habida cuenta de las modificaciones que hubiera impuesto al argumento el astro, a largo plazo fue una decisión más que acertada, puesto que la oscura trama se habría convertido en una historia mucho menos especial. Gracias a ello disponemos de una cinta que ha influenciado a muchas otras. 



En primer lugar, habría que reconocer que The Innocents también bebió de otras fuentes, parece más que probable que sus responsables tuviesen muy presente Vértigo (1958). Y no solamente por la forma de narrar la subida por las escaleras a la torre familiar, también por ese amor de ultratumba que evoca el recuerdo de Peter Quint, un misterioso hombre que logró ejercer una fuerte influencia sobre los muchachos y su anterior institutriz. Megs Jenkins, dando vida a la anciana ama de llaves de la casa, advierte a la señorita Giddens acerca de los riesgos y complicidades que se generaron en dicho domicilio. Si no se hubiera hecho esta versión, no existirían (al menos tal como las conocemos) El exorcista (1973) y Los otros (2001) 



O acaso sean todo fabulaciones de gentes ociosas. Y es que, vistos en frío, los comportamientos de la maestra no dejan de generar fuertes dudas. El metraje nos ofrece varios exorcismos en uno, además de una muy particular versión gótica de La Pietà de Miguel Ángel. Narrada de una forma única y sinuosa, con algunos de los flashbacks oníricos más surrealistas de aquel tiempo, sigue tratándose de una de las cintas más adelantadas a su tiempo. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-https://www.youtube.com/watch?v=EbrFFLQcEjg



-https://www.classicfilmsreloaded.com/the-innocents/



-https://zinemaniacos.com/suspense-1961/

domingo, 18 de marzo de 2018

LAS CENIZAS DE TROYA


La Ilíada es un poema plagado de trampas. Transcurren los siglos y los versos homéricos siguen escondiendo secretos. Desde el punto de vista académico, suele ser definido como un relato épico de algunas de las acciones que llevaron a cabo los invasores aqueos contra la ciudad de Troya, la cual se vio sometida a un asedio terrible de diez años. No obstante, nadie que lo lea puede considerar que la obra sea un elogio a los dominios de Ares. Cualquier mínima fascinación que pueda tenerse previamente sobre las hazañas marciales se desvanece ante su descripción de cómo el cruel bronce quita vidas de una forma absurda y constante. 



Muchas personas se han visto fascinadas desde entonces por la búsqueda de esa ciudad de elevada muralla. Heinrich Schliemann llegó a dejarse gustoso su fortuna por encontrar los restos de aquellos personajes míticos (Aquiles, Pentesilea, Agamenón, Diomedes, etc.) que fascinaron su mente siendo pequeño. Pero quizá fuese Eurípides quien, en la frenética Atenas del siglo V a.C., mejor supo descifrar los códigos que se escondían detrás de aquellos combates y mitos (en realidad, los dioses del Olimpo participaban de forma caprichosa en el conflicto, otorgando o negando sus favores a los bandos por simpatías personales). No en vano Homero termina su canto con las honras fúnebres del mayor héroe enemigo de los griegos. Eurípides, siguiendo esa visión, se pregunta por los supervivientes de la ciudad, especialmente por las mujeres troyanas más destacadas, ahora presas del botín caprichoso de los saqueadores. 



Carme Portaceli acepta el riesgo de dirigir el drama de estas reas, encabezadas por Hécuba, viuda del rey Príamo y madre, entre otras, de algunos de los príncipes más destacados durante la guerra. Aitana Sánchez-Gijón presta toda su fuerza y presencia a una persona desgarrada por el dolor, obligada a pasar las peores noches posibles: las que suceden a la dramática entrada de cierto caballo de madera en su ciudad para festejar el final de la lucha y la retirada aquea. El resto es de sobras conocido. Pero, como Portaceli y el libreto bien adaptado por Alberto Conejero y Margarita Borja, pasaron más cosas que desconocemos. El pasado viernes pudimos acompañar esa asamblea de abandonadas de la Fortuna, obligadas a recordar antes de que los caudillos helenos re-escriban su relato. 


La condición y dignidad de Hécuba la llevan a ser la principal receptora de los mensajes de Taltibio, un soldado enemigo que sirve como heraldo de Agamenón, rey de reyes. Nacho Fresneda (de quien ya hemos hablado en este blog por su magnífico trabajo en la serie El Ministerio del Tiempo) encarna a esta figura en constante transformación que arranca la obra con un primer monólogo antes de presentarnos a las protagonistas troyanas. De su frialdad inicial, Taltibio irá empatizando cada vez con estas mujeres desposeídas de todo salvo de su propia capacidad de resistir el sufrimiento. Eurípides, igual que Homero, se niega a festejar la victoria de Grecia sobre los caídos, no caben dudas de dónde están sus simpatías en la obra. 



El montaje destaca por su sencillez y pragmatismo. Una T gigante y tumbada nos anticipa imágenes de la guerra y sus llantos, no necesariamente limitada a las playas troyanas, puesto que la reflexión es válida para cualquier lugar y época. Hay coreografías y danzas que se insertan bien entre los diálogos, sobresaliendo la fuerza de Alba Flores como la princesa Políxena, cuyo valor es tanto físico como metafórico de lo que está ocurriendo en cuanto la hija de Príamo y Hécuba se va transformando en el recuerdo de la felicidad perdida de una ciudad que en un momento se juzgó con acierto como cuna de riquezas y poder. Pero no hay que jactarse de la felicidad hasta el último instante de la vida, pues la suerte es traicionera. 



Un delicado texto funciona a dos niveles. La perspicacia de las mujeres dárdanas brilla en todo momento ante la falta de sensibilidad de sus nuevos dueños. Gabriela Flores da vida a la viuda de Héctor, el gran defensor de la ciudad durante la lucha. Andrómaca, personaje adelantado varias centurias a su tiempo en cuanto a complejidad, es consciente de que su complicidad y feliz relación con su marido son precisamente la causa de que ahora sea codiciada. Todos sus intentos van orientados a intentar proteger a su hijo, puesto que la descendencia de los héroes suele ser mirada con recelo por sus asesinos. 


Ni siquiera en horas tan bajas podrá presidir la concordia entre esas heroínas que aguardan saber en qué nave partirán para alejarse por siempre de las cenizas de Troya. Irene Arcos (quien se reparte generosamente el papel con su compañera y amiga Maggie Civantos) encarna perfectamente a Helena, aquella por cuyo rostro mil barcos zarparon. Tachada de la causante de la lucha por los griegos al haber abandonado a su marido, Menelao de Esparta, tampoco encuentra acomodo entre las troyanas, las cuales la juzgan como esa ramera que embaucó a Paris para traer la desdicha a sus conciudadanos. Sus enfrentamientos con Hécuba son tremendos y, como bien acierta a apuntar la espartana, queda claro que ella fue el invento de los conquistadores para justificar su acción. Es un acierto pleno de la dirección modificar aquí la escena original para mejorarla todavía más, quitando al hermano de Agamenón de la ecuación para que sea un duelo de reinas que lo han perdido todo. 



Tampoco son mejores las cosas entre sus compatriotas para Briseida (Míriam Iscla), también obligada a quedar en tierra de nadie. Objeto del capricho lascivo de Aquiles y su comandante, no recibe compasión a su regreso. Deja la sensación de que cada una de las integrantes de este círculo de proscritas arrastra su propia maldición. La última (pero no menos importante) de ellas es Pepa López como Casandra, la preclara adivina, quien marcará el terrible camino de la venganza. Desoída de sus premoniciones durante la lucha, aprovechará la prepotencia vencedora para empezar a urdir la caída de la Casa de los Atridas de Micenas. 



Eurípides no se dejó seducir por la conquista, la cual presenta como caldo de cultivo para la hybris (soberbia). Ulises, secundario de lujo en La Ilíada y héroe audaz en La Odisea, se ve aquí transformado en la arrogancia de un Consejo de soberanos poco magnánimos, crueles y despóticos, capaces de temer la sombra de apenas un niño pequeño. Con un fantástico elenco, el círculo de estas damas troyanas volvió a ser puesto de rabiosa actualidad. Salimos del teatro impregnados de esos nombres y las cenizas de Troya. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-Teatro Góngora de Córdoba, función Troyanas del día 16 de marzo de 2018 [Fotografía tomada por el autor del blog]. 



-Programa Troyanas del Teatro Góngora de Córdoba, función del día 16 de marzo de 2018 [Fotografía realizada por el autor del blog]. 



-Teatro Góngora de Córdoba, función Troyanas del día 16 de marzo de 2018 [Fotografía tomada por el autor del blog]. 

domingo, 11 de marzo de 2018

LAS MÁSCARAS DE BERGERAC


Las palabras nos permiten ser otras personas. Una alteridad, la capacidad de transformarnos en más valientes de lo que somos, dispuestos a vivir otras vidas. Alberto Castrillo Ferrer considera que hay pocas cosas más teatrales que esa acción de disfrazarse así; siguiendo esos pasos, pocos personajes en la literatura han sido más criaturas nacidas para el escenario que Cyrano de Bergerac, el pasional protagonista de la célebre obra del mismo título, escrita por Edmond Rostand. Un libreto plagado de romanticismo en su expresión más pura, adaptado por el propio Ferrer para una nueva representación. 



Ferrer y Carlota Pérez Reverte cuentan para esta versión con una voz que nunca puede ser subestimada: la de José Luis Gil. Desde la entrada al teatro cordobés, ya se escucha ese tono familiar y dicción casi perfecta, animando al respetable a abandonar el mundo de la prosa y las teclas del exigente móvil para prestar atención únicamente al escenario. Pero hay algo más que oficio en su arte. Se nota que el intérprete tiene pasión por Cyrano, un cariño que le surgió desde que vio la versión de gran Julio Núñez. Hace décadas, Gérard Depardieu se ganó justos laureles cinematográficos haciendo de este falso fanfarrón con corazón de oro, agotado por el desamor pero incapaz de rendirse. Desde ahora, la figura de Gil se coloca como otro de los brillantes alter egos del espadachín. 



Son muchas las armas de las que dispone el actor, incluyendo su amplia experiencia como doblador (que va de registros tan variados como John Ritter en Apartamento para tres o Buzz Light Year), ¿quién mejor para saber colocarse bajo la máscara del otro? Cyrano habrá de hacerlo a través del joven y apuesto soldado gascón Christian (Álex Gadea), a quien asesora, ayuda y presta su afilada pluma para intentar conquistar el corazón de Roxane (Ana Ruiz), prima del propio Cyrano, de quien siempre ha estado profundamente enamorado. 



No obstante, pese a su rápido verbo y sensibilidad poética, Cyrano pierde cualquier asomo de elocuencia cuando su enfrenta a su hermosa pariente. Prefiere ocultarse, ayudar a Christian para recoger, aunque sean, las migajas que arroje ese romance. El gran mérito de Rostand fue no presentar un mundo de claros y oscuros, admitiendo siempre el tono gris. A pesar de tener la ventaja del físico, el joven gascón no es una persona carente de honor, conforme avance su relación, irá surgiendo en su alma la duda de si no es un impostor con suerte, incapaz de llegar a Roxane por sus propios méritos. 



Y es precisamente sobre la dama en cuestión donde radica la grandeza de esta obra. La gran duda que tenemos conforme avanzan las escenas es si sus palabras son verdad. Ella afirmará en varias ocasiones que querría a Christian aunque perdiese su apariencia, pues son sus versos y alma las que la cautivan antes que cualquier otra cosa. De ser ciertas esas afirmaciones, Cyrano se habría condenado a sí mismo a no saborear un amor del que se ha hecho acreedor. De haber sido simplemente otra bella parisina más, Roxane nunca habría podido provocar esas emociones.  



La escenografía planteada por Alejandro Andújar y Enric Planas se nos muestra ingeniosa, capaz de llevarnos al balcón de Roxane (qué juego han dado desde que os descubrió Shakespeare para las escenas románticas) o a un enfrentamiento con las tropas españolas en apenas unos segundos. Nicolás Fitschel juega con las luces para iluminar a la joven pareja y sumir en la reflexiva sombra a Cyrano. Vestuario y recursos armonizan con el mimo que caracteriza esta exigente puesta en escena de más de dos horas, donde nunca se nos ocurre mirar el reloj.  


Gil nos lleva en volandas sobre el torbellino de emociones de la compleja personalidad del guerrero de Bergerac, con todo el talento del mundo a sus pies y sometido al complejo que le acarrea mirar en el espejo su desproporcionada nariz. Aunque pasen desapercibidas ante la elocuencia de los versos, hay que destacar las coreografías de esgrima planteadas por Jesús Esperanza, realmente excelente, puesto que, al igual que cierto ingenioso hidalgo al que Cyrano admira, el héroe es capaz de lanzarse contra gigantes. 



Nuestro gran protagonista cuenta con el apoyo lujoso de un elenco esencial y generoso: Carlos Heredia como el taimado y protegido pariente del cardenal Richelieu nos demuestra que los villanos pueden (y deben) tener aristas, Nacho Rubio da presencia y fuste al capitán de los gascones (con un número musical exquisito, por cierto), Rocío Calvo resuelve su camaleónica papeleta, pasando de un papel a otro sin ninguna clase de problema, y Ricardo Joven envuelve de ternura al maestro pastelero que es uno de los pocos parisinos capaz de llamar amigo a Cyrano. 



Llegamos al último acto con la tristeza del desenlace y, todavía peor, el saber que esta cuidada obra se termina, esa que ha alternado risa y llanto con tanta delicadeza. Modestamente desde este blog, se rogaría que cuando terminen su gira, el equipo permita grabar la última función. Esta clase de experiencias, como las cartas de amor de Cyrano a su amada prima, nunca deberían caer en el riesgo del olvido. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-Función Cyrano de Bergerac del día 10 de marzo de 2018, Teatro Góngora (Córdoba) [Fotografía realizada por el autor del blog]



-Programa Cyrano de Bergerac, función del 10 de marzo de 2018, Teatro Góngora (Córdoba). 



-Función Cyrano de Bergerac del día 10 de marzo de 2018, Teatro Góngora (Córdoba) [Fotografía realizada por el autor del blog]