domingo, 26 de marzo de 2017

LA MÁSCARA DEL DUENDE


Laura Palmer. El Rey Amarillo. La identidad del Duende. La ficción encuentra pocos rincones más fecundos para perpetuarse en el imaginario popular que con un misterio que genere ansiedad de descubrimiento por parte del público. En la década de los ochenta, Roger Stern era el flamante guionista de la cabecera principal de Spiderman, contando con el talento de John Romita Junior a los lápices. Convencido de necesitar un villano que recordase a los días de gloria del trepa-muros, el hábil escritor creó al Duende, una re-actualización muy necesaria de una de las grandes Némesis de Peter Parker. De inmediato, el círculo de lectores de Spidey se devanó los sesos acerca de quién andaba tras la máscara de la amenazadora figura. 



De inmediato, los fans incondicionales del icónico héroe se preguntaban acerca del origen de aquel antagonista de altura. Quedaba claro que tras el Duende se escondía un hombre negocios muy inteligente y sin escrúpulos. Había usado con habilidad la tecnología de su predecesor para interpretar una fantasía de poder y tomar represalias cuando cierto arácnido se metiera en sus maniobras más turbias, pero podía dejarlo en cualquier momento. A diferencia de Norman Osborn o Venom, aquel individuo estaba muy cuerdo y no dudaba en manipular a otros para usarlos como chivos expiatorios. Stern no soltaba prenda sobre sus reales intenciones y una amplia nómina de sospechosos plagaban la colección. 



El artífice de la estupenda idea fue demorándose en exceso, hasta el punto de que a su marcha de la serie quedó todo inconcluso. Al no haber confiado sus propósitos a nadie en Marvel, sus pobres sucesores hubieron de hacer encaje de bolillos. Aunque mantuvieron al Duende en el candelero, su presencia iba haciéndose menos especial, cada vez más equiparable a otros líderes de bandas mafiosas que plagaban la atmósfera del sobrino de May Parker. Para colmo de males, discrepancias artísticas hicieron varios finales apresurados donde cada cual intentó justificar su elección del lanzador de bombas-calabaza. Todo había acabado en un extraño viaje de Peter Parker a Berlín con Ned Leeds. Por fortuna, a comienzos de 1997, llegó una segunda oportunidad que un perro viejo de olfato fino como Stern no iba a desaprovechar.



Con la posibilidad de firmar una mini-serie donde dar su visión del asunto, Stern se hallaba ante una encrucijada. Podía seguir únicamente las propias pistas que él había dejado en sus viñetas y que tan bien conocía o, en una maniobra más arriesgada, intentar encajar todo en la continuidad de la saga, incluyendo aquello que parecía contradictorio. En apenas el primer número, el hábil escritor dejó constancia de su saber hacer, logrando hacer creíble los puntos más contradictorios. De repente, lo que fue un caos empezaba a resultar algo lógico y que llevaba el innegable sello del astuto Duende.



Realmente, aquel re-encuentro caía como agua de mayo al lanza-redes, el cual acababa de salir de un culebrón de clones con poco sentido y otros momentos realmente mejorables. Ese viaje a lo mejor de su pasado ochentero pero en el presente de Spiderman sonaba de maravilla y más si contaba con un dibujante como Ron Frenz. Como añadido de lujo, uno de sus entintadores de portadas y del primer tomo fue nada menos que el legendario George Pérez.



Las personas amantes de los relatos de Agatha Christie disfrutarán enormemente de reconocer rasgos comunes de este género en una historia superheroica donde la sagacidad investigadora es todavía más relevante que los poderes excepcionales y las filigranas en el aire. Stern da mucho peso a Betty Brant, la viuda de Ned Leeds. La primera novia de Peter Parker ha madurado hasta el punto de ser una periodista de armas tomar y con una gran resolución para enfrentarse a los fantasmas de su pasado. El guionista tampoco renuncia a poner a Mary Jane Watson como algo más que la cara bonita de la vida del héroe, siendo su instinto el que pone a su esposo tras la primera prueba de que la persona que fue asesinada en Berlín nunca pudo ser el verdadero Duende.


La obra además está enriquecida con el trasfondo de las esferas de los altos industriales y las turbias maniobras que algunos de ellos realizan por alejar a la competencia. Betty y sus aliados van a jugar una partida muy complicada donde también hay un sincero homenaje a la faceta periodística, Stern conoce muy bien la mitología del arácnido y es capaz de demostrar que hasta Jonah Jameson tiene su corazoncito.



¿Y acción? Por supuesto, cuando duendes y arañas coinciden los puentes de New York se convierten en escenarios de batallas campales que plagan las viñetas. Habrá varios guiños saludables al pasado, desde portadas míticas hasta pequeños detalles que quizás se habían perdido por el transcurrir de los años. Una verdadera delicia para las personas amantes del cabeza de red.



El único punto quizás negativo de la mini-serie es que derivó en una secuela que no aportaría gran cosa a lo ya sabido y enturbió la agradable sensación de círculo cerrado que dejaba este excelente ejercicio.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://www.comicextra.com/spider-man-hobgoblin-lives/chapter-3



-https://es.pinterest.com/pin/549368854515425212/



-http://www.chasingamazingblog.com/2013/09/05/the-hobgoblin-lives-and-will-the-real-hobgoblin-please-stand-up/

sábado, 18 de marzo de 2017

LA DOLOROSA VERDAD


A lo largo de la Historia, la esclavitud de seres humanos se ha mostrado como uno de los negocios más lucrativos que pueden realizarse. Ya fueran los asientos negreros para llevar esclavos "habidos en buena guerra" en galeones o los siervos de la gleba adscritos a la tierra del amo, esta cruda realidad se ha fundamentado en una lógica económica tan siniestra como irrefutable. La popular y polémica periodista italiana Loretta Napoleoni trae recientemente un libro poco apto para elevar el espíritu: Traficantes de personas: el negocio de los secuestros y la crisis de los refugiados



Firma de prestigio, corresponsal en diferentes países de Oriente Próximo, Napoleoni se ha caracterizado por mantener una línea muy volcada en materia de terrorismo, uno de los temas candentes de la actualidad en Occidente y que más preocupa a sus habitantes. Estas páginas nos llevarán desde el tráfico de cocaína en África, pasando por la piratería en las costas somalíes hasta llegar a la financiación que obtiene Al Qaeda del secuestro de rehenes.  



Cada capítulo resulta más crudo que el anterior en cuanto a la observación de dramas personales se convierten en frías cifras. Siempre hemos sospechado que hay rehenes y rehenes para el pragmatismo de los gobiernos, pudiendo depender mucho el eco de una tragedia según los medios decidan darle cobertura o no. Unas guerras de propaganda donde lo que nos llega de verdad tiene una dosis mínima. Buena conocedora de la temática, la autora da en varios pasajes una clase magistral de nuestra capacidad de consumir sin filtro distintas noticias.


Uno de los temas que más saldrán mencionados es la célebre crisis de los refugiados. Un drama que, con todo, resulta extremadamente rentable a unos pocos. Aunque no siempre pueda dar los nombres, la periodista italiana ha realizado muchas entrevistas a negociadores y especialistas en estas lides, quienes terminan siendo desapasionados de su oficio, una deshumanización que toman como aliada imprescindible para enfocar un juego donde un error puede ser fatal. 



La propia Napoleoni se excusa al final de su trabajo por su manera cruda de reflejar algunos hechos. Particularmente devastadora es su manera de presentar los errores cometidos por personas jóvenes e idealistas que acuden a zonas de crisis con el corazón lleno de buenas intenciones y la cabeza demasiado utópica para poder asimilar la verdad. En algunos de los acontecimientos presentados casi pareciera que esos involuntarios rehenes fueran acusados de ser los culpables de que organizaciones terroristas logren botín. 



Se aportan asimismo otros prismas de la historia. Particularmente interesante es la compleja red de tribus que organizan y redistribuyen los beneficios entre los piratas somalíes, actividad que otros vecinos y familiares suyos justifican como la única medida que los países "civilizados" les han dejado para huir de la extrema pobreza. Naturalmente, Siria será otro país muy citado en esta disertación por los motivos que ya todos sabemos.


Aunque pueda resultar paradójico por el grado de desarrollo alcanzado, pocos continentes presentan las facilidades para el comercio de personas que Europa. Una vulnerabilidad que presenta mil riesgos, incluso algunas de las sociedades con mejores sistemas educativas en países como Dinamarca son susceptibles de sufrir brotes de xenofobia y dudas sobre sus emigrantes ante el determinado tratamiento de algunas noticias.



De contextos enardecidos surgen movimientos que explican auges como el mantenido por partidos de extrema-derecha durante los últimos años. Los más castigados, como no podía esperarse otra cosa, son los propios protagonistas de estos éxodos. En condiciones inhumanas y sin garantías reales de obtener la meta, una persona que huya desde Mosul a otra zona podría dejarse en el camino la cifra de 7.000 euros por el trayecto.



Una serpiente codiciosa que se refleja en muchos rincones sin entender de credos religiosos o políticos. No pocos bienintencionadas voluntades voluntarias son captadas en zonas de frontera de guerra para ser traicionadas por sus presuntos "guías" en cuanto ponen un pie en territorio hostil, revendidas a secuestradores ansiosos de turistas con familias, amigos y gobiernos a los que poder presionar. Un libro directo, rudo y desmitificador. No estaremos de acuerdo con muchas cosas, tampoco resulta una lectura agradable. Pero es imprescindible.


FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-https://www.casadellibro.com/libro-traficantes-de-personas/9788449332487/4138488



-http://www.actuall.com/democracia/experta-refugiados-los-nuevos-yihadistas-saldran-los-campos-refugiados/



-http://www.hablandoconletras.es/entrevistas-escritores/

domingo, 12 de marzo de 2017

CUANDO DIOS NO MIRA


Suele decirse que no hay temas malos para hacer una película. Según esa teoría, lo importante es la manera de contarlos. Siendo una aseveración con un gran fundamento de verdad, no es menos cierto que existen cuestiones con más potencial para vender que otras; no son mejores, simplemente, entran por los ojos primero. Cuando tomó las riendas de Que Dios nos perdone, Rodrigo Sorogoyen debía ser consciente de que la trama del guión, escrito a medias entre el cineasta e Isabel Peña, podía levantar ampollas. Resumiendo, no es descabellado decir que presenta una historia desagradable. 



Y, sin embargo, es una magnífica película. Antonio de la Torre y Roberto Álamo cogen dos personajes nada fáciles, unos policías marginales con sus taras particulares, aquejados de no pocos fantasmas. El talento de ambos intérpretes ya justifica el dinero de la entrada, dando siempre presencia a sus creaciones y otorgándoles humanidad sin renunciar a mostrar sus sombras. Funcionan juntos desde la primera escena y provocan que el público pueda embarcarse rumbo a unos extraños crímenes que acontecen en el Madrid que se preparaba para recibir la visita de Benedicto XVI. 



Se presenta una capital española sumida en un largo verano donde los residentes que pueden permitírselo han huido a destinos vacacionales. No obstante, con la visita llegan una gran cantidad de peregrinos, además, la crisis económica achucha tanto que no pocos barrios populares deben sobrevivir como pueden bajo los rayos de Sol. En ese contexto surgen unos asesinatos contra indefensas ancianas que tienen una marca de salvajismo que las altas instancias quieren evitar lleguen a los ecos mediáticos.



Esta recreación cuidada es un acierto de montaje y gran trabajo en equipo. Los extras, portales, cocheras mugrientas y calles descuidadas aportan una verosimilitud que sumerge de inmediato en el lugar. Un esfuerzo técnico que se acompañado por unos secundarios pintorescos y bien caracterizados. Supone un verdadero lujo tener a un intérprete como Luis Zahera, siempre capaz de que la cámara se fije en él, para pequeños bocaditos de gran cine.



Llegados a esta tesitura tenemos claro que es un producto de buena factura y que no coloca anestesia para tratar un tema espinoso. Aquí el thriller tiene que hacer una apuesta por el camino a recorrer: mostrar al asesino antes o después de la resolución. No es poco riesgo. Se pierde el elemento principal de sorpresa, pero eso eleva también la categoría del argumento. Habrá un momento que sepas quién, no así sus motivaciones o si va a pagar por sus crímenes. Como dijo Ramsay Bolton, si todavía esperas un desenlace final positivo, no has prestado mucha atención. 



El experimento fílmico hace otro redoble de altura. No acerca a una cuestión que estos tiempos que corren está salvajemente mutilada en la cultura del ocio: los problemas de la tercera edad, de las personas que viven solitariamente en bloques de pisos de interminables escaleras, expuestas a una jungla de asfalto donde solamente los más jóvenes y fuertes parecen tener derecho a ser felices. Y ahí descubrimos a magníficas actrices, a un testimonio de una fase donde ojalá todos pudiéramos llegar, al final del camino. No suelen tener voz en una industria que bebe los vientos por el público potencial de los jóvenes, pero Que Dios nos perdone refleja que, por supuesto, sí que tienen muchísimo que decir en la gran pantalla, que sus inquietudes y temores son los nuestros también.


¿Historias de amor? Sí que las hay, incluso en tan turbia atmósfera. Medidas, creíbles, con una dosis de realismo sin renunciar a la ternura, pero tampoco huyendo de la decepción. Pareciera que las piezas encajan de manera fluida, sin tener que forzar la máquina en ningún instante, permitiendo que el público tenga ese momento de pausa para la reflexión.



Sorogoyen y su equipo confían en la inteligencia de su auditorio. Se han hecho acusaciones más explícitas, con mayores gritos y rayando en lo exhibicionista. Sin embargo, Que Dios nos perdone es más dura en el largo plazo, cuando se comprende que no es moco de pavo lo que se está cocinando en el buffet del peor infierno que conocen creyentes y ateos: el que se da puertas para adentro, en el momento de apagar la luz.



Cuando Dios no mira, suelen terminar sucediendo estas cosas. Por fortuna, las cámaras estaban allí para acercarnos a estos dos policías ficticios contándonos algo que parece muy real.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://www.elcineenlasombra.com/dios-nos-perdone-critica/



-https://cinetfaro.com/2016/11/04/que-dios-nos-perdone-dir-rodrigo-sorogoyen-por-yolanda-aguas/



-http://www.hobbyconsolas.com/entretenimiento/que-dios-nos-perdone

domingo, 5 de marzo de 2017

MORTADELO DE LA MANCHA


Era simple cuestión de tiempo que sus destinos se cruzasen. Con tantas décadas a cuestas de ser el estilete de las viñetas españolas, resultaba sorprendente que Mortadelo nunca hubiera sentido la imperiosa necesidad de salir a los lugares y caminos con el propósito de enderezar tuertos y desfacer agravios como sí hiciera cierto ingenioso hidalgo de un lugar de la Mancha centurias atrás. Durante el año de 2005, Francisco Ibáñez saldó esa deuda, con un singular homenaje que los inefables agentes de la TIA harían a la inmortal creación literaria de Cervantes. 



Naturalmente, referencias habían existido en el pasado. En el detallado blog comiquero Corra, jefe, corra, se recordaba a ese respecto una campaña publicitaria de Plumas Parker (sin ir más lejos, aquella marca que don Leonardo Meléndez intentaba falsificar sin mucho éxito en La Colmena), donde el maestro del disfraz del tebeo hispano realizaba varias fazañas ilustradas. También podemos añadir cierta excursión que un enloquecido Mortadelo obligaba a realizar a su jefe por el campo en los cortos de animación de Estudios Vara, solo para descubrir Filemón que todo era un ardid de su empleado, complacido en tenerlo de improvisado Sancho Panza. No obstante, era la primera oportunidad en que la traslación sería total. Solamente ese histórico encuentro ya justificaría que sea uno de los albumes más exitosos a nivel de ventas y repercusión en aquel tiempo.  



La excusa argumental la proporcionará el profesor Bacterio, quien recibe instrucciones para que Filemón y Mortadelo adquieran las destrezas del mítico James Bond. Con un invento de cosecha propia, el científico logra que los sujetos que lo prueban adquieran las virtudes de los personajes principales del libro en cuestión. Contra la mala fama que le dan en la organización, la operación es todo un éxito, salvo por el detalle de que la señorita Ofelia ha traspapelado las tapas de la novela de espías con el célebre clásico. 


Ello lleva a los dos protagonistas a deambular por la ciudad con el espíritu de enloquecida hidalguía a cuestas. Generalmente, Ibáñez ha hecho parodias tan divertidas como superficiales cuando sus viñetas han versionado a célebres creaciones de la ficción (por ejemplo, en 100 años de Cómic [1996]). No obstante, aquí el autor exhibe un conocimiento más profundo de la referencia, insertando con acierto pasajes no tan conocidos de Quijote y Sancho, Curiosamente, fiel a su coraza de sabio despistado, el dibujante manifestó en varias entrevistas que, al igual que muchos infantes que han pasado por el sistema educativo español, la lectura obligatoria de la novela se le hizo plomífera (y en su descargo, afirmar que poner a don Quijote en esos niveles es como iniciar la carrera con un final de etapa nada más comenzar la carrera lectora, siendo mucho más fácil disfrutarla en la madurez).  



Volviendo a referencia la muy recomendable crítica que hallamos en Corra, jefe, corra, se incide en uno de los principales problemas de esta ágil aventura: que Mortadelo y Filemón no viajen a la época del Siglo de Oro, sino que toda la esencia cervantina sea trasladada a nuestro tiempo. Hubiera sido muy divertido de haberse realizado en ese sentido (recordemos El quinto centenario (1992) ver a los personajes en esa atmósfera. 



Una grata sorpresa es la apuesta con todo el riesgo que toma el creador de que el invento de Bacterio funcione hasta el extremo de que la pareja hable en la lengua castellana más arcaica. Ello da un sabor de mayor verosimilitud al experimento y permite que el homenaje sea todavía más redondo, siendo digno de disfrute y un guiño a los los lectores más adultos. 


Ibáñez no renuncia en esta ocasión a hacer algunos guiños al pasado de sus criaturas, incluyendo algún cameo de figuras políticas que nunca salen bien parada cuando se cruzan con los dos agentes de información, ni siquiera cuando están embrujados por el elixir de las novelas de caballerías. También hay una no demasiado edificante abundancia de gags de corte escatológico que no lucen tanto en una obra que, por lo demás, tiene un muy buen nivel gráfico. 



Con anterioridad hablábamos de que hubiera sido muy atractiva la posibilidad de hacer viajar la narración a la época de las páginas cervantinas. Allí, el abanico de escenarios se hubiera multiplicado. Por el contrario, aquí, con un buen punto de partida y algunos recursos humorísticos realmente hilarantes, se repiten demasiados campos de trabajo archi-conocidos de números anteriores (el zoo, el propio edificio de la TIA, etc.). 



En muchos sentidos, la acidez del universo del más prolífico autor de las viñetas españolas (jefes coléricos, empleados siempre ansiosos de dar esquinazo, gatos y perros despelléjándose, etc.) le aproxima más al sarcasmo deshumanizado de Quevedo. Como fuere, aquí resulta sorprendente constatar lo bien que muchas escenas del ingenioso hidalgo se pliegan de maravilla a este contexto. Una ocasión única de juntar la esencia de dos figuras alejadas en mucho, pero próximas en algo: sin Alonso Quijano y Mortadelo, leer hubiera sido mucho menos divertido. 



ENLACES DE INTERÉS: 






FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES: 









-http://www.ojodepez-fanzine.net/latiacomforo/viewtopic.php?p=81930&sid=0196de6cc708bd12d74450984650a108

domingo, 26 de febrero de 2017

CRUZANDO EL RUBICÓN: CÉSAR DE COLLEEN MCCULLOUGH



De bello Gallico es una de las lecturas más apasionantes que pueden realizarse sobre la guerra en la antigua Roma. Sin embargo, esta crónica de los nueve años de campaña de Cayo Julio César frente a los pueblos galos supusieron mucho más. Y no solamente porque los Comentarios sobre la guerra de las Galias terminasen por convertirse en uno de los quebraderos de cabeza más frecuentes para los sufridos estudiantes de latín, sino porque mucho es lo que esconden las reflexiones y propaganda que el hábil César y sus partidarios dejaron sobre una de las operaciones más decisivas (y violentas) que se dieron para comprender el Mare Nostrum en el siglo I a.C. 



Colleen McCullough escoge esa ambientación tan especial (Gergovia, Alesia, Avárico, etc.) para trasladar a las afortunadas personas lectoras a una recreación con mayúsculas de aquella época. César forma parte de la ambiciosa saga que dicha escritora hizo de los últimos años de la República Romana, aquellos días tumultuosos y violentos que alumbraron a personalidades controvertidas y fascinantes (Cayo Mario, Lucio Cornelio Sila, Quinto Sertorio, Lucio Licinio Lúculo...). Con precisión de notario y un amplio manejo de fuentes, la hábil escritora nos traslada desde el primer párrafo al puerto Icio donde los legados cesarianos esperan noticias de su comandante, enfrascado en la controvertida expedición contra Britania. 



Sin lugar a dudas, el conquistador de la Galia es el personaje predilecto de McCullough, quien prácticamente lo coge como su ojito derecho desde el arranque de su repaso novelado en El primer hombre de Roma, cuando César acaba de nacer del vientre de Aurelia de los Cotta, también de formidable personalidad. No es casual que cuando comience este momento de madurez del futuro dictador de Roma, la escritora narre la muerte de Aurelia y Julia, la hija del primer matrimonio de César. Un vacío en los afectos que volcará todavía más al protagonista en su ambicioso cursus honorum, determinado a alcanzar la posición que cree merecer por sus excepcionales dotes, acompañadas de su abolengo patricio (el cual, dicho sea de paso, no había servido en exceso a sus antepasados por no disponer de unos niveles de fortuna acordes con la antigüedad del linaje). 


A nivel de estructura esta novela tiene un acierto mayúsculo: alternar lo que está ocurriendo en las últimas operaciones bélicas de la guerra con la repercusión que está alcanzando el auge de César en Roma. Por un lado, podemos hallarnos en la contienda frente a los eubrones, mientras que en el siguiente bloque callejeamos por una Roma turbulenta donde las bandas de gladiadores de Publio Clodio y Tito Annio Milón imponen su ley. Agitadores populares en el marco de un complejo juego de intereses en el Senado que McCullough narra con una inteligencia y claridad admirables. 



Si bien extenso, el relato no se hace tedioso en ningún momento, pues siempre están ocurriendo acontecimientos. La empresa va desde Vercingetórix hasta la batalla de Farsalia, que enfrentó a César con su antiguo yerno, Cneo Pompeyo Magno, hasta ese momento el general más afamado de la República. Solamente hay un error que termina condicionando en mucho la excelente narración: el sentimiento de que es inevitable que César gane. 



Por ejemplo, cuando describe a Tito Labieno, la autora logra una complejidad de la que adolecen otras novelas históricas. Es capaz de presentar a un general brillante y el mejor lugarteniente posible para César, mientras que también presenta la oscuridad y violencia de muchos de sus métodos, incluso para los parámetros crueles de las legiones romanas, Lo mismo para la personalidad de un Pompeyo en el crepúsculo de su grandeza, golpeado por el fallecimiento de su joven mujer y envanecido hasta límites peligrosos por la facción optimate que antes lo despreciaba por su origen picentino y ahora lo ven como el único baluarte posible si su antiguo aliado decidiera cruzar el Rubicón. 


César, en cambio, es prácticamente presentado sin fisuras. Incluso podremos vernos tentados a pensar que nada pudo ser mejor para las tribus galas que la romanización que con benevolencia les aplicaron las legiones a base de sangre y fuego. Como una hábil continuadora de la labor del inteligente Aulo Hircio (hombre de confianza de César, legado y fanático de su comandante en jefe hasta el punto de que el propio César le entregó la tarea de hacer en solitario uno de los Libros donde se despachó a gusto contra Labieno y exoneró de todo a su general), es una lástima que no se incidieran más en las partes más controvertidas del que, sin duda posible, fue el más notable romano en una época donde no existían no pocas personalidades brillantes. 



En el haber hay una dimensión muy poco explorada en otras obras literarias que trabajan este período: el mundo de las mujeres. McCullough es sumamente observadora para ahondar en ellas. Fulvia, Servilia, Aurelia y otras destacadas figuras del Capitolio que siempre habían estado ahí para inspirar pero que habían pasado desapercibidas en las fuentes varoniles de la época. La autora les da vida y nos permite explotar una faceta muy desatendida. 



A fin de cuentas, si algo es importante en esta clase de operaciones es conseguir agilidad y amenidad. Un mérito que César consigue sin abandonar la erudición y la riqueza descriptiva. Una pieza destacada de un fantástico engranaje (es una saga de novelas irregular, pero con picos de calidad muy altos) y que nos llevará a una de las etapas más fascinantes posibles. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://www.novelahistorica.net/2009/12/cesar-colleen-mccullough.html



-http://imperioromanodexaviervalderas.blogspot.com.es/2015/05/la-rendicion-de-vercingetorix-ante-cayo.html



-http://faculty.catawba.edu/cmcallis/history/rome/rome1.htm

domingo, 19 de febrero de 2017

LA DOBLE EXCUSA


Sonaba mal. Cuando un director ha sorprendido gratamente con un film tan redondo como Isla Mínima (El festín del cuervo) se embarca en un película cuyo argumento parece de telefilm de domingo por la tarde, suena a malgasto de talento. ¿Qué interés podía tener a estas alturas remover el célebre asunto Roldán? Sin embargo, conviene no olvidar que hubo un tiempo en que Francisco Paesa encontró en el ex director de la Guardia Civil a la excusa perfecta. Ahora, Alberto Rodríguez aprovecha al espía como pretexto para hacer la radiografía de muchos de nuestros demonios actuales. 



El hombre de las mil caras es una cinta narrada con ritmo y con pretensiones de thriller, aunque sin olvidar las particulares características de la España de aquel momento. Demasiadas cabriolas podrían dar irrealidad, también sería fácil rebajarlo todo a un asunto chusquero. Aquí emerge el oficio de un muy buen cineasta, de repente, el famoso affaire Roldán empieza a importarnos poco, pero sí las metáforas que ayudan a situar las coordenadas de nuestro día a día, de por qué estamos en este clima de desprestigio de instituciones, cargos públicos, altas finanzas, etc. 



Para ello, esta historia cuenta con un actor superdotado, Eduard Fernández, quien regala una de sus clásicas y camaleónicas transformaciones. Su Paesa es desde el principio un adecuado ejercicio de eclecticismo: lo sofisticado e inteligente se da la mano con lo improvisado, el gusto por la chapuza y la confianza de que siendo un poco más listo que el resto se puede hacer creer a la gente en lo que uno quiera. 


Con todo, pese a las magníficas prestaciones de Fernández, el guión adaptado comprende que le tendrá de gran protagonista, pero que Paesa ni puede ni debe llevar la narración de la historia. Para ello, Rodríguez y su equipo se encomiendan a un personaje más terrenal, Jesús Camoes, un piloto en unos días donde el aire todavía pertenecía a unos pocos y la clase turista no habíamos invadido los aeropuertos con ofertas a bajo precio por internet. José Coronado da buena cuenta de este apoyo de las intrigas de Paesa, todo un estereotipo también de una época. 



A su manera, el personaje de Camoes recuerda, en cierto sentido, al magnífico aprendiz de gángster que encarnaba Ray Liotta en la monumental Uno de los nuestros (1990). Está cerca de los que de verdad cruzan la raya y, por momentos, puede aspirar a sentarse en primera clase. Pero la vida, al final, te lleva a entender que quiénes de verdad son los bad boys no dejan sentarse a nadie en su mesa, donde se toman las verdaderas decisiones. 



La tercera arista del triángulo será el propio Roldán, interpretado aquí por el premiado Carlos Santos. Realmente, tras haberse escrito tanto en prensa e informado por telediarios acerca de quien fuera primero uno de los miembros más valorados del gobierno y posteriormente un chiste fácil de oficina, interesa mucho la versión de El hombre de las mil caras, presentando a un ser humano falible y casi abrumado por la soledad que le aguarda en su periplo, prácticamente un juguete roto en manos de un protector mucho más inteligente que él. 


Una enmarañada red de mentiras se irá tejiendo en una película que, aunque a veces parezca enrevesada, sabe perfectamente dónde pretende hacernos llegar. Hay lujos como veteranos de la talla de Emilio Gutiérrez Caba, cuyas apariciones son pequeños bocaditos del mejor cine, otorgando mayor empaque a este inteligente film de Rodríguez. 



Eso en el haber, pudiendo señalarse en el debe la escasa presencia de personajes femeninos. Hay dos muy importante, la esposa de Roldán (Marta Etura) y la propia pareja de Paesa (Mireia Portas), las cuales salen poco pero su esencia está siempre omnipresente sobre las decisiones de ambos hombres. Sin embargo, hubiera sido interesante dedicarles algo más a su visión de esta peculiar historia. Sí es una incidencia muy oportuna reflejar lo que supuso esta operación para la prometedora carrera presidencial de Juan Alberto Belloch. 



Tras el metraje, se sale con la sensación de alivio de que un gran director no ha perdido su toque. Que, en ocasiones, no es tan importante la historia como la manera de enfocarla. Hay mucho de nosotros mismos en estas versiones de Paesa, Roldán y Camoes. Y eso debería pararnos las orejas e inquietarnos. Entre vender una preferente a una confiada pareja de ancianos jubilados y falsificar una orden de extradición hay un parentesco claro, una vuelta al país de la picaresca, a la chapuza ingeniosa sobre el análisis certero.  



ENLACES DE INTERÉS:



-http://www.lavanguardia.com/participacion/concursos/20160914/41301484884/el-hombre-de-las-mil-caras-sorteo-entradas-jose-coronado.html



-http://www.hobbyconsolas.com/reviews/hombre-mil-caras-critica-nueva-pelicula-alberto-rodriguez-68158



-https://www.blogdecine.com/criticas/el-hombre-de-las-mil-caras-esta-espana-mentirosa

domingo, 5 de febrero de 2017

JOHN THE REVELATOR (HIJOS DE LA ANARQUÍA, PRIMERA TEMPORADA)


Hamlet y la Harley Davidson



Existen pocas maneras más efectivas de crear una historia que volver a los clásicos. Sobre el papel, Hijos de la Anarquía (2008-2014) es un programa enmarcado en los avatares de un ficticio grupo de moteros en una localidad de California. No obstante, entrando un poco en las entrañas de esta hermandad, pronto encontramos varios elementos shakesperianos: Hamlet y Macbeth. El espectro de un padre desaparecido antes de tiempo y la ambición por la Corona de Charming. 



¿Qué explica el éxito de la creación de Kurt Sutter? Existen varios factores, desde luego influenció el hecho de que el autor tenga un muy buen conocimiento de las características de este tipo de asociaciones y su peso histórico en Estados Unidos. Pero, más allá de eso, hay un elenco muy sólido, un reparto espectacular que provoca el inmediato interés del espectador, por más que dicha persona no haya tocado un ciclomotor en su vida.    



A través de los ojos de Jackson Teller (Charlie Hunnam), nos encontramos con una organización que bajo las cilindradas y talleres de reparación esconde varias actividades delictivas que los convierten en pequeños reyezuelos de taifas. No obstante, el destino se le aparecerá a Jack cuando descubra por azar unas memorias de su difunto padre que cuestionarán el rumbo que ha tomado su vida y la de sus amigos: la violencia y las armas no siempre estuvieron allí, hubo un tiempo en que el significado fue otro. 


¿Fuego o cuchillo? 



Tommy Flanagan, Mark Boone Junior, Theo Rossi, Ryan Hurst o William Lucking, entre otros, han podido pertenecer en algunos momentos de su carrera a la mal llamada estirpe de actores secundarios. Término inadecuado para hacer referencia a una de las bases que explican por qué funciona o no un film/serie a nivel de actuaciones: un secundario capaz de tener carisma en apenas unos minutos en pantalla termina enriqueciendo todo lo que hay a su alrededor. 



Junto con el arco principal de Jack y su núcleo de parientes más cercano, estos diferentes integrantes de la asociación irán repartiéndose protagonismo de manera coral. De una manera generosa y sin fisuras, me atrevería a decir, siendo creíble desde el primer momento, como diría Tony Soprano, que para estos individuos, una vez se entra en la familia, no hay nada más importante. Intérpretes de raza y con una gran fuerza, son gente capaz de embobar en una escena donde simplemente los ves sentados e intercambiándose miradas. 



Una logia de carretera donde el tatuaje hay que ganárselo para lucirlo, los difíciles pasos que deben darse para ser considerado uno de los nuestros. A medida que Jack intente introducir conceptos nuevos, el espíritu de unión se verá amenazado en todos sus frentes. Y es que este Hamlet de rasgos asgardianos tiene un tío Claudio particular, alguien que además duerme en la misma alcoba que su madre... 



"Cuánto pesa la corona"-Frank Costello, The Departed (2006). 



Ron Perlman es uno de esos actores que por sus particulares características imprime de un sello muy personal a sus personajes. De hecho, el rumor de la publicación próximamente de una biografía del intérprete ha generado mucha expectación entre propios y extraños. Sin duda, uno de sus papeles clave fue Clarence Morrow, el rey de los dominios que algún día está previsto que pasen a las manos de su hijastro Jack. Perlman dad un toque único a Clay, siendo una de las relaciones más interesantes del show la que mantiene con Gemma Teller Morrow (Katey Sagal, pieza básica de Hijos de la Anarquía). Igual que acontecía con Livia Soprano, Gemma es mucho más "mafiosa" en esencia que algunos de los supuestos chicos malos, siendo uno de los motores del rumbo de la banda. 



¿Lado bueno de las cosas? Sí que existe, también en Charming. El diputado jefe David Hale (Taylor Sheridan) vendría a ser un soplo de aire fresco entre tanta atávica violencia, escapando la primera temporada de Hijos de la Anarquía a una tendencia que tienen este tipo de inmersiones en el mundo de la violencia, ese síndrome de Estocolmo que lleva a los guionistas casi a justificar y presentar a sus perseguidores como seres deleznables, torpes y apocados. Hale sería un tipo honesto y que intenta hacer lo mejor para su comunidad, incluso carece de odio personal por el grupo de moteros como individuos, simplemente, es consciente de lo que la institución representa tras la calavera. En una frontera más difusa hallaríamos a Tara Knowles (espléndida Maggie Siff), antigua novia de Jack, y el jefe de policía Wayne Unser (Dayton Callie), cuyos lazos con Clarence y su séquito son más fuertes de lo aconsejable. 



No se trató de que Sutter y su equipo encontrasen la piedra filosofal. Simplemente, con mucha inteligencia, supieron aplicar las fórmulas clásicas del drama a un contexto diferente, cuidando todo lo que había alrededor. Así, incluso para un pequeño pero importante papel se dieron el lujo de contar con toda una presencia como Drea de Matteo (Los Soprano). Sumen todo a ello a uno de los finales más hermosos que se recuerdan de una temporada y tendrán todos los ingredientes para crear una serie adictiva y de calidad. 



En el nombre del padre... 



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-John the Revelator



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