domingo, 17 de agosto de 2014

HOOK


Hay películas que marcan a una generación, esa cinta VHS que tenías ya desgastada de pequeño, cansada la pobre de rebobinarse de un lado para otro. Sin duda, Robin Williams es para los noventa uno de esos exponentes, pero en pocos casos tiene un carácter tan representativo como en Hook, dirigida por Steven Spielberg (1991), una de las más simpáticas y acertadas revisiones del mito de Peter Pan. 



Sin duda, se trató de una de las producciones más comerciales de aquel tiempo, incluyendo un casting que aglutinaba al citado Williams (en una versión muy particular del mítico héroe infantil, una especie de Born Again en la Isla de Nunca Jamás), Dustin Hoffman (como un excelente Capitán Garfio, presa de cierto cansancio crepuscular, además de su conocida aversión por los relojes), el también muy añorado Bob Hoskins, Julia Roberts como Campanilla o Maggie Smith (una auténtica garantía, nunca he visto actuar mal a esta señora), entre otros miembros de un reparto que era un auténtico Dream Team de intérpretes de habla inglesa. 



El duelo Williams-Hoffman es uno de los aciertos de la cinta, la cual no narra de una forma usual el mítico duelo entre el chico que podía volar y uno de los piratas más famosos de la historia del celuloide (Jack Sparrow y cía andan por allí), amparado todo en una excelente banda sonora por parte de John Williams, otro de los mejores artesanos para este tipo de estrenos. 


Nick Castle y Malia Scoth Marmo hacen pasar la inexorable arena de Cronos para convertir a Peter en un respetable ejecutivo de familia bien, sin perder, pese a que pareciera imposible, la esencia del texto original de James Matthew Barrie, escritor escocés (por ejemplo, podemos citar aquí el film Descubriendo nunca jamás), cuyo héroe fue inmortalizado por la película de animación de la franquicia Disney. 



"Genio y brillante cómico", definición que usó Spielberg para recordar a uno de sus protagonistas (en verdad, este metraje gira alrededor de héroe y villano a partes iguales) en Hook. Williams siempre tuvo un estilo descarado, muy vibrante y vivaz. Personalmente, en ocasiones, hiperbólico, exceso que compartía con otros tipos brillantes como Jack Nicholson o el propio Hoffman. Lo suyo era un despliegue sin tacañerías, por eso, es tan valorable su primera mitad en esta entrañable cinta, donde sabe contenerse muy bien en la primera parte, haciendo muy creíble la transformación en el mito. 



Una leyenda que era personal para el propio director de E.T., quien recordaba perfectamente las lecturas maternas y que, antes que todo un icono de los cómics como Superman o que cualquier otro súper-héroe, la primera imagen que tenía de alguien volando era de ese muchacho desarrapado por los tejados de Londres, visitando ventanas y liderando a una banda de niños perdidos. Probablemente para atraer al público adolescente más crecidito a taquilla, la historia incluía a Rufio, un niño más crecidito, gamberro, pero, por supuesto, de buen corazón y algún accesorio y juguete muy chulo que sería vendido en las siguientes Navidades. 


Una historia que se ve ambientada por unos decorados muy meritorios para su época, con una recreación muy grandilocuente del puerto de los filibusteros de Garfio y la mítica isla de fantasía. En definitiva, una atmósfera que en su género tiene muy pocos parangones, una historia para infantes, pero apta para todos los miembros de la familia (incluso el propio Peter Pan no está ya para vestir pantalones cortos y Hook precisa de peluquines para mantener la cabellera pirata). 



Entre muchos otros momentos míticos (Jumanji, aquel estupendo monólogo de El indomable Will Hunting, Desmontando a Harry, la divertidísima Jaula de grillos y un amplio y distinguido etcétera), una excusa más para recordar este domingo a un artista que, por si fuera poco, también dejó magníficos doblajes, como por ejemplo, en la longeva saga de video-juegos de Zelda. 



Nunca jamás hay que dejar de recordar este tipo de cosas. 


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