domingo, 16 de julio de 2017

EL VEREDICTO


Ryan Murphy ha tenido una larga andadura como director de televisión. A estas alturas de su carrera, tiene una percepción bastante adecuada de qué puede atraer la atención del público. Su equipo y él traen a la palestra American Crime Story, producto centrado en narrar los entresijos de algunos de los acontecimientos más notorios y polémicos en los Estados Unidos. El primer plato no podría ser más atractivo y morboso en su origen, nada menos que The People v. O. J. Simpson, el famoso caso de doble homicidio a que se enfrento dicho deportista de élite, quien por aquellos días había comenzado una prolífica carrera como actor. 



A pesar de que ya sepamos cómo terminará el juicio, lo que interesa al agudo guión, basado en el libro The Run of His Life: The People v. O. J. Simpson, obra de Jeffrey Tobin, es el cómo antes que el resultado de las deliberaciones del jurado. Con el pretexto de recrear de manera exquisita el contexto de la época, este fenómeno mediático para la prensa amarilla fue, involuntariamente, el reflejo de las guerras subterráneas que todavía latían en el país, la falta de confianza en las autoridades, la discriminación por el color de la piel, siempre soterrada bajo las buenas formas, el trato dependiendo del estatus socio-económico alcanzado por el sospechoso, etc. 



Cuba Gooding Junior encarna de manera muy adecuada al protagonista, dentro de un reparto coral espectacular, un Dream Team que pocas veces se puede disfrutar en la pequeña pantalla. Acomodado por su excelente rendimiento deportivo en un nivel de riqueza muy por encima de la media, insertado por pleno derecho en la "jet set blanca" de California, en su hora más aciaga, la defensa no dudaría en agitarle como un mártir de los muchos abusos cometidos por algunos agentes sobre la población afroamericana, basados en criterios racistas sobre quienes habían jurado servir y proteger. 


Resulta admirable ver cómo cuestiones de jurisprudencia y del protocolo son presentadas de una forma fascinante y que nunca se hace pesada. Bob Shapiro (espléndido John Travolta) irá, en ocasiones de forma involuntaria, conformando un excelente equipo de letrados que conseguirá lo que, a juzgar por lo visto en el primer episodio, parecería imposible: plantear la defensa de OJ con altas posibilidades de éxito. Courtney B. Vance se lleva uno de los bocados más apetecibles al personificar al abogado defensor Johnie Cochran, personaje astuto, carismático, paradójico y que es uno de los motores de este drama que lanzó a miles de personas a las calles. 



Conforme avancen las sesiones, el juicio se irá tornando en un retablo de las maravillas, un fenómeno de masas circenses donde las dos víctimas fallecidas van siendo relegadas en beneficio del show. El corte de pelo de la fiscal o la forma de vestir de los testigos podrán ocupar horas en debates televisivos, en un ejemplo del reino de la superficialidad. Si los tristes acontecimientos acontecidos en White Chapel fueron vistos por algunos como la apertura a un salvaje nuevo siglo, el proceso contra OJ empezó a advertir sobre el tipo de tratamiento de las noticias que nos esperaba a la vuelta de la esquina. 



En el lado de la acusación, destaca el liderazgo de Marcia Clark (Sarah Paulson), quien no es consciente de las puertas que está abriendo para su departamento al destapar esa caja de Pandora. Tenaz y preparada, ni siquiera ella está lista para las muchas trampas que encierra este crimen. Irónicamente, también abrirá muchas puertas al estrellato, libros morbosos y cultura del espectáculo. La era de las Kardashian estaba a punto de florecer. 


Entre tantas personalidades atractivas y maquiavélicas, sobresale el apasionante duelo profesional-personal que mantendrán Cochran y Christopher Darden (Sterling K. Brown), en cierto sentido, maestro y discípulo; con todo, al final del día, sumamente diferentes a la hora de plantear lo mejor para su comunidad. Si hay una serie que ha sabido pulsar la tecla en los últimos tiempos sobre la violencia que puede estar camuflada bajo apelativos como el de "nigger", ha sido esta, un verdadero tratado sobre un amplio camino por recorrer. 



También asistimos a cómo el jurado también se va transformando. La gota malaya que irán suponiendo los constantes aplazamientos pondrá a prueba la paciencia de los ciudadanos escogidos para la tarea, mientras filias y fobias personales van confeccionando el sendero hacia uno de los veredictos más polémicos de todos los tiempos. 



¿Busca el sistema la ejemplaridad o la justicia? ¿Las víctimas son cuidadas o apartadas del foco? ¿El racismo atiende a colores de piel o al tipo de coche que se conduce? Un programa fascinante. Lo único malo es que, cuando llegue la segunda temporada, nos pondremos muy exigentes. Cuando se acostumbra a la excelencia, cualquiera otra cosa supondría un paso atrás.  



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://sbpress.com/2016/02/the-people-v-o-j-simpson-american-crime-story/



-http://www.loslunesseriefilos.com/2017/01/people-v-oj-simpson-american-crime.html?m=0



-http://ftw.usatoday.com/2016/03/o-j-simpson-american-crime-story-the-people-v-o-j-simpson-review

domingo, 9 de julio de 2017

EL BINGUERO


No hay que dejar nada al azar en un juego de azar. Con esta máxima, Manuel Vázquez, uno de los autores más heterodoxos y geniales de la historieta española, se lanzó a hacer la más peculiar radiografía de una de sus adicciones, tachar cartones y cantar líneas. Un cómic titulado ¡Vámonos al bingo! (1986), realizado en la época más desinhibida de este pícaro artista (ver lo peor de uno de los mejores), cuando podía enfocar un humor más adulto y sin problemas censores o de lápices rojos editoriales.



La personalidad de este artista y su controvertida vida le hacen una de las biografías más particulares de aquella generación irrepetible (ver El invierno del dibujante). Hasta tal punto alcanzó esa reputación que llegó a hacerse una película sobre su propia vida en El gran Vázquez (2010), donde también había referencias a otros iconos como Francisco Ibáñez (corra, jefe, corra el gran Vázquez e Ibáñez); llegados a este punto, encontramos al dibujante en plena fiebre del juego legalizado en el país, esa medida que también quedaba reflejada en el cine más popular de la época, en cintas como Los bingueros (1979).



Todavía a día de hoy impresiona la imaginación del autor para sacar tanto jugo a un escenario reducido como la sala donde los jugadores esperan a que se digan sus números. El trazo de Vázquez se encuentra en su etapa más acomodaticia, aprovecha cualquier excusa para reducir decorados o limitarse a ofrecer una bola en cada viñeta de algunos compases, pero su ingenio, chispeantes diálogos y capacidad de reírse de sí mismo (es el protagonista) hacen que este tebeo sea en la actualidad una pequeña joya que los coleccionistas buscan con fruición.


Donde muchas personas se sentirían encorsetadas, Vázquez disfruta con una facilidad pasmosa. Una mesa de apáticos bingueros le permite hacer un análisis minucioso de muchos tópicos, incluyendo dos inolvidables historias de sendos antepasados suyos. El primero desafió a sus pulmones y laringes por cantar un cartón premiado, mientras que el segundo fue capaz de sacrificar familia, amigos y trabajo con tal de mantener una sentada como protesta con un jefe de sala que dudaba de su honestidad al perder un boleto premiado.



Tras el citado film de Óscar Aibar, la producción bibliográfica sobre este creador aumentó, incluyéndose una excelente aproximación de su obra por parte de Antoni Guiral para ediciones B y una no menos brillante obra coral que encargó Dolmen (biografía de un niño prodigio). No obstante, el público interesado por su figura no debería privarse de esta reflexión sobre sí mismo y la ludopatía, temas que no son para tomarse a broma, aunque, si se hacen con tanta gracia y arte, sí.



Quizás sea Martínez Peñaranda quien más haya indagado acerca de cuánto había de verdad en estas tiras recopiladas a lo largo de la década de los ochenta, particularmente en la revista Jauja. No en vano, siempre se ha dicho que, con todos los respetos a Anacleto y compañía, el autor fue, con respecto a sí mismo, el personaje que más parcelas le permitió cubrir.



Aunque hemos hablado con anterioridad de que el trazo de Vázquez en aquellos días obedecía a la ley del mínimo esfuerzo, igual que a otros artistas de la generación Bruguera, no hay molicie que resista el examen del talento. Un puñado de bocetos le sirven para transmitir fuerte vivacidad a sus viñetas, las cuales desprenden vida. Sus criaturas aquí con figuras de retablo (el gafe, el mayordomo, el jefe, los amigotes, etc.), de cualquier modo, transmiten vivacidad y presencia.



La sagacidad con la que se burla de sus ansías de su propia codicia, cuando ya se sabe que la casa siempre gana, se nutre de cínicas pequeñas aventuras que, sin ánimo de pedante moraleja, tienen un sabor a que esto es algo más que un muy divertido tebeo para críos. Es un Vázquez en una etapa más socarrona, repleto de humor verde en muchos aspectos, siempre dispuesto a ser corrosivo.



Una lectura que no le puede faltar a la persona aficionada al autor de Las hermanas Gilda, Anacleto, La abuelita Paz, etc. Y es que cuando a Vázquez lo dibujaba by Vázquez, ocurría la magia.



BIBLIOGRAFÍA:



-GUIRAL, A., By Vázquez: 80 años del nacimiento de un mito, Ediciones B, Barcelona, 2010.



-MARTÍNEZ PEÑARANDA, E., Vázquez: El dibujante y su leyenda, Ediciones Sins Entido, Madrid, 2004.



-VARGAS, J. J. (coord.), El gran Vázquez: Coge el dinero y corre, Dolmen, Palma de Mallorca, 2011. 



ENLACES DE INTERÉS: 






FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://www.ojodepez-fanzine.net/latiacomforo/viewtopic.php?t=8055&sid=9f936d2a2b34522d69aa94da29d9671e



-http://www.caninomag.es/vamonos-al-bingo-la-joya-perdida-del-comic-espanol/



-http://www.rubengg.com/manualdelah/eltexto/texto.html

domingo, 2 de julio de 2017

DÍAS SOLITARIOS Y TRES NOCHES BLANCAS



Cuando se evocan los tiempos más gloriosos de la literatura rusa, es inevitable que a nuestra mente vengan la sucesión de épicas páginas en tomos monumentales como Guerra y Paz, también el torrente de amores y traiciones de Ana Karenina, etc. No obstante, hay un pequeño libro que esconde algunas de las bombas más fuertes que nunca se han hecho, las Noches Blancas de Fiódor Dostoievski. Una lectura ágil y rápida, pero no precisamente fácil o permisiva con la persona lectora, en cuanto a que su autor, un gran conocedor de la naturaleza humana, recrea algunas de las emociones que siempre estarán vigentes. 



El lugar donde se enclava el relato es San Petersburgo, una ciudad que necesita poco embobar con su belleza, la urbe donde el zar descendía con sus ropajes imperiales para bendecir las aguas del río Nevá. Dostoievski nos sitúa en solsticio de verano, con una gran cantidad de habitantes de la urbe rusa abandonando momentáneamente sus casas para ir al dacha correspondiente, es decir, reflejo del poder de una clase media que puede permitirse pasar esa etapa en el campo. 



No es el caso del joven protagonista, quien deambula en soledad por calles casi vacías, sumido en sus pensamientos y a quien conocemos a la perfección con apenas un par de párrafos. De cualquier modo, su monotonía se verá truncada una noche estrellada cuando su camino se cruce con Nástenka, otra joven que parece sumida en un gran aislamiento. Tenso al principio, el encuentro va derivando en la conexión de dos almas dañadas.


Un verdadero oasis para ambos, puesto que pareciera que son justo lo que el doctor hubiera recetado para cada integrante de esta peculiar pareja. Conforme avancen sus paseos, el grado de confidencias se irá enriqueciendo, quedando de manifiesto qué les ha llevado a estar al margen del resto, justo cuando la ciudad entra en un letargo estival y los habitantes marchan provisionalmente de ella.



En una ocasión, un gran amigo me dijo una frase que en la escritura suele ser un axioma: "Para los diálogos de las novelas hay que entrar tarde y salir pronto". Todo un maestro como Dostoievski se sumerge en ellos, consciente de que pueden ser un arma de doble filo, pero precisa de esos continuados intercambios entre hombre y mujer para que su audiencia comprenda esa espada de Damocles que empieza a oscilar sobre el afortunado encuentro.



Peter Ustinov afirmaba que Shakespeare fue el gran maestro en poner palabras a cosas que siempre tenemos en la cabeza pero no formulamos. Puede parecer simple, si bien es lo más complicado en la creación. El literato ruso consigue en este pequeño cuento alargado llevarnos hasta algunos de los rincones que menos se exhiben de esa droga maravillosa (y peligrosa) que se a dado en llamar romanticismo. Y es que la gente feliz y embriagada de ese dulce sentimiento, puede, como advierte Noches blancas, convertirse en la más cruel y, peor todavía, ser inconsciente de las terribles puñaladas que inflige al prójimo.


El precio de un instante de felicidad puede terminar siendo excesivo. Los dilemas que plantea esta obra, en apariencia sencilla, son realmente cautivadores. En diferentes instantes de nuestra vida, habremos sido el joven y absorto estudiante; en otros, habremos podido caer en la situación de Nástenka, capaces de auto-engañarnos a nosotros mismos, en herir sin pretender hacerlo. Son las reglas del juego, Dostoievski se limita a ponernos delante del espejo.



Cuenta la leyenda que cuando Turgenev, consagrado escritor ruso, leyó las Noches blancas de aquel joven escritor desconocido, salió en plena noche para buscar el lugar donde vivía aquel artista y felicitarle por haber escrito semejante maravilla.



Se non è vero è ben trovato. Y, a buen seguro, ese encuentro se produjo en San Petersburgo.



EDICIÓN MANEJADA: DOSTOIEVSKI, F., Noches blancas, Nordicalibros, Madrid, 2016 (Segunda Edición). Traducción: Marta Sánchez-Nieves. Ilustraciones: Nicolai Troshinsky. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS POR LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://www.nordicalibros.com/noches-blancas



-http://replikateatro.com/noches-blancas/



-http://unlibroaldia.blogspot.com/2009/06/el-libro-de-mi-vida-noches-blancas-de.html